Boca y River le ponen más emoción a la vuelta

en Los Tiempos el 12-11-18 06:46

LOS TIEMPOS y EL MUNDO

Qué tortura. Otras dos semanas así, con la tensión enmascarada, sin poder siquiera presumir ni achicarse todavía. Maldito empate. Buenos Aires dividido y a la vez unido porque la incertidumbre sigue siendo democrática y se alarga hasta una fecha de caducidad ya impostergable. El sábado 24 de noviembre de 2018 se jugará el partido de todos los tiempos, en liza una victoria que será tan valiosa como la vida. Eternidad para quien la gane, vergüenza en las entrañas para quien la pierda. Así es el fútbol argentino, así es el superclásico, hiperbólico e irracional, hermoso por ello, ante todo inigualable. Maldito empate, sí. Y bendito también.

Nada resolvió La Bombonera en el encuentro más emocionalmente crucial que jamás acogió el estadio del barrio de La Boca.

Todo queda como comenzó, ni siquiera cobra River la ventaja de marcar dos goles en campo contrario, pues la regla del valor doble de los tantos a domicilio no rige en esta final. Fue un 2-2 romo en fútbol pero puro de pasión. Cada gol fue como una puñalada, como si fuera el último. Con los de Boca, La Bombonera temblaba y su tribuna vertical parecía vencerse para buscar el abrazo con Wanchope Ábila primero, con Darío Benedetto después. Para consolar a Carlos Izquierdoz, que le regaló el segundo a River, y para aclamar a Carlos Tévez por su fe.

Pero, sobre todo, para levantar en hombros a Agustín Rossi, el portero al que tanto criticaron, titular ahora por la lesión de Esteban Andrada. Resultó capital el guardameta para que River no lograra la afrenta de dejar la final encarrilada en el templo de Boca. Se la pasó a Gonzalo “Pity” Martínez, también a un negado Rafael Santos Borré. Hasta pareció soplar para que el cabezazo de Martínez Quadra se alejara de sus dominios. Mandaba River en el campo, aprovechando el efecto sorpresa que Marcelo Gallardo planeó al variar a una defensa de cinco hombres. Se ahogaba Boca, más todavía al ver jurar a Cristian Pavón, quizá su mejor hombre, lesionado a los 27 minutos. Esto no puede estar pasando, se susurraban los aficionados xeneizes.

Pero éste no era un partido normal y enseguida lo demostró Ábila, que se topó con Armani en la primera que tuvo Boca pero recogió el rechace para, ahora sí, meter el gol por el espacio más insospechado. Y antes casi de que pudieran siquiera celebrarlo, River dejó solo a Pratto ante Rossi tras el saque de centro y empató el “Oso” partido. Qué locura, qué maravillosa locura se estaba viviendo. Nadie entendía nada, ni falta que hacía. Un partido así no se mide con estadísticas, sino con electrocardiógra...