'¡No lo mató el virus!': Violencia policial en Kenia a costa de la pandemia

en El Día el 13-05-20 02:06

Tan solo un grito quiebra la noche y los golpes: ¿Vais a acabar con él aquí?, exclama uno de los testigos de la muerte de Vitallis Ochilo Owino, última víctima de la violencia policial en Kenia; país que desde el pasado 27 de marzo vive bajo un toque de queda nocturno a fin de mitigar el impacto de la COVID-19.

Con poco más de 700 casos oficialmente confirmados, para muchos kenianos el peligro real de esta pandemia no es ni invisible ni silencioso. Según el recuento de grupos comunitarios de derechos humanos, al menos 16 personas han perdido la vida en batidas policiales desde el inicio de las restricciones. Muertos de una violencia sistemática que sobrepasa lo aséptico de cualquier estadística.

"Estos son sólo los casos que hemos verificado, pero sabemos que son muchos más", detalla a Efe el activista Wilfred Olal, coordinador de una red de centros de justicia social distribuidos por diferentes asentamientos informales de Kenia.

"¡Hemos perdido la cuenta! Los arrestos se producen a diario, también las palizas nocturnas. Todavía hay gente en los hospitales o recuperándose en casa de sus heridas", añade quien -desbordado- intenta poner nombre y apellido a los centenares de afectados por la brutalidad policial.

"ESTÁN PEGANDO A PAPÁ"

A la keniana Jackline Atieno le alertaron los gritos de sus hijos. "¡Están pegando a papá, le están pegando!", repetían una y otra vez señalando hacia la entrada de su humilde vivienda de zinc localizada en el suburbio de Mathare (Nairobi): unos pocos metros cuadrados con una televisión, un hornillo y, separada por una sábana, una área-desván en la que todos duermen.

Bajo el resguardo de la noche, dos policías se ensañaban con su marido, Isaiah Omollo, quien sobre las 18:30 horas del 9 de abril se disponía a cerrar su puesto de venta de CD piratas y su modesta peluquería para cumplir con el toque de queda impuesto en todo el país.

"Estaba ya cerrando, pero (los policías) no vienen a hablarte. Me gritaron: '¡termina, cierra, desaparece!', y entonces empezaron a pegarme. Eran cuatro, y cuando se cansaron, se fueron y me dejaron ahí tirado", recuerda sujetando con firmeza un bastón de madera y con la pierna izquierda cubierta en vendajes.

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